Ya no quedan rastros
de la lluvia,
de las gotas transparentes
sobre las hojas,
conmovidas.
El viento
arrastró nubes
fuera del cielo,
quizo hacer su juego
entre pétalos corales.
Hay, sin embargo,
espejos rotos
sobre el asfalto.
Una vieja sin hogar
se peina los cabellos sucios.
Un muchacho
recoge la basura aún húmeda
dentro de un contenedor.
Revolver basura
es la antesala del infierno
y ser una vieja sin hogar
es una condena para siempre
por un pecado social:
ella no se esfuerza lo suficiente.
La luna le escapó a la lluvia,
el viento se llevó
los soles
y solo queda un niño,
flaco y sucio,
jugando en la plaza desierta.

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