Mi amiga de la primaria, a quien llamaré Lía, me invitó a su fiesta de 15. Lucía un vestido de satén color gris perla, medio plateado, que tenía unos frunces muy particulares. Me gustó mucho. Lía y yo no eramos compañeras de secundaria pero viviamos en el mismo barrio. La fiesta era en un salón pequeño cerca de mi casa.
Siempre fui poco simpática, una adolescente que se llevaba mejor con niños y con ancianos pero no con gente de su edad. Durante la fiesta nadie me sacó a bailar. Antes los varones sacaban a bailar a las chicas (año 1982). Hablé con algunos niños, tal vez familiares de Lía.
Cuando me fuí me dijo que, si bien me había invitado, no esperaba que yo asistiera ya que, como no conocia a sus invitados, seguramente lo pasaria mal. Realmente no lo pasé tan mal, lo pasé...a mi manera, observando y conversando con niños.
Qué facil hubiera sido darme la tarjeta por haber sido su amiga en la escuela primaria, decirme que me valoraba como tal, pero que no fuera a su fiesta.
Tener claras las expectativas de los otros para con nosotros nos ahorra confusiones, malos entendidos y nos facilita la vida.






